miércoles, 13 de octubre de 2010

TERREMOTO EN HAITÍ


El terremoto de Haití y la geología del Caribe

La tremenda tragedia que asola a Haití ha puesto de manifiesto una vez más la enorme violencia y capacidad de destrucción de los fenómenos naturales derivados de la propia dinámica terrestre. Como en el caso de su más importante predecesora, la gran tragedia de Sumatra-Andamán (Indonesia) de diciembre 2004, el origen de la catástrofe ha sido de nuevo un terremoto, si bien en aquella ocasión el epicentro se situó mar adentro y el fenómeno devastador fue en realidad el tsunami producido por éste.
Los terremotos son producidos por fallas activas, es decir, fallas que se están moviendo en la actualidad. La enorme energía elástica acumulada durante décadas en los bloques situados a uno y otro lado de la falla a causa de los esfuerzos tectónicos, se libera súbitamente (y sin previo aviso) en forma de ondas P y S que cuando alcanzan la superficie terrestre se transforman en ondas superficiales (ondas Love y Rayleigh) con un gran poder destructivo. La escasa profundidad del epicentro del terremoto (10 kilómetros), sin posibilidad de atenuar su energía en su escaso trayecto a superficie, ha contribuido a amplificar la catástrofe de Haití y a que ésta se haya concentrado en torno a la vertical del epicentro. Las imágenes del bamboleo y sacudidas del terreno que mostró la televisión, captadas por video aficionados, registraban precisamente ese momento que duró apenas un minuto. El efecto se asemeja al de esos artilugios de feria que se mueven frenética y cíclicamente a un lado y a otro (ondas Love) y hacia arriba y abajo (ondas Rayleigh).
Sin duda, la baja calidad de la construcción, propia de un país extraordinariamente pobre y sin recursos, y la alta densidad de población en Puerto Príncipe, han contribuido a elevar notablemente el número de víctimas. No es casualidad que los terremotos con mayor número de víctimas ocurran precisamente en países pobres o en vías de desarrollo. Terremotos de intensidad similar o mayor ocurridos en países del primer mundo y altamente concienciados con el peligro sísmico, como es el caso del terremoto de Kobe en Japón, han producido un número elevado de víctimas mortales (5.000 muertos) pero lejos de las cifras apocalípticas registradas en Haití. Para aquellos países seriamente amenazados por la actividad sísmica, ésta es la única forma de prevención o mejor dicho, de mitigación, porque de hecho, una prevención absoluta o completamente efectiva, es difícil de poner en práctica, salvo que estemos dispuestos a mover de lugar a poblaciones y ciudades enteras. Desafortunadamente, a fecha de hoy la predicción resulta imposible, pese a los notables esfuerzos y avances realizados por la comunidad científica en esta disciplina.
El terremoto de Haití ha sido producido por la falla de Enriquillo-Plantain Garden. Esta falla y la falla Septentrional son dos estructuras de primer orden en la geología del Caribe. Conforman los límites meridional y septentrional, respectivamente, de la fosa del Caimán desde donde se prolongan hacia el este por más de mil kilómetros pasando al sur de Cuba, la primera, y a través de Jamaica, la segunda, antes de entrar en territorio de la isla de La Española por Haití. Las dos fallas articulan el desplazamiento diferencial hacia el este de la placa del Caribe respecto a la placa Norteamericana, el cual se viene produciendo desde la colisión de ambas en el Eoceno Medio y Superior, hace aproximadamente 40 millones de años. El desplazamiento entre estas dos placas se mantiene hoy en día y ha sido calculado por investigadores de universidades norteamericanas mediante técnicas de GPS en unos 20 milímetros al año. De ellos, se estima que la falla Septentrional absorbe unos 10 milímetros/año y la falla de Enriquillo, unos 7-8 milímetros/año.
Ambas fallas se han reconocido como focos de terremotos históricos, pero el hecho de que los relacionados con la falla Septentrional sean más recientes y que su recuerdo todavía se mantenga en la memoria de muchos dominicanos, quizá justifique que esta última falla se haya considerado con mayor potencial destructor. Sin embargo, en el último Congreso de Geología del Caribe celebrado en la primavera de 2008 en Santo Domingo, los citados investigadores norteamericanos mostraron evidencias de la actividad reciente de la falla de Enriquillo y alertaron sobre su peligrosidad sísmica en territorio haitiano que es donde su traza está perfectamente definida y es bien conocida. La continuidad de esta falla hacia el interior de la República Dominicana y su supuesta prolongación más hacia el este por la fosa de los Muertos u otra estructura, es unos de los enigmas geológicos todavía por resolver en esta región, con no pocas implicaciones en la prevención de desastres naturales de este país.
Un ambicioso programa financiado por la Unión Europea desde 1997, destinado a fomentar el sector minero y el desarrollo en general de la República Dominicana, está a punto de finalizar la cartografía geológica y geotemática de este país. El proyecto se realiza de manera coordinada con las instituciones dominicanas correspondientes y consiste en la elaboración de la cartografía geológica, geomorfológica y de procesos activos de todo el territorio dominicano bajo la normativa y el liderazgo del Instituto Geológico y Minero de España. Los mapas elaborados representan con gran detalle los tipos de rocas, las estructuras geológicas, las formas del terreno y los procesos geológicos activos (endógenos y exógenos), de tal manera que son una herramienta indispensable para la investigación geológica y la ordenación del territorio. Utilizados como base fundamental de trabajo y combinados con otros métodos y herramientas geológicas y geofísicas más sofisticadas, constituyen una de las vías habituales para el avance en el conocimiento de la dinámica terrestre.
Los estados y los organismos nacionales e internacionales tienen la obligación de velar por la seguridad y el bienestar de los ciudadanos de este planeta. Investigaciones geológicas o geofísicas como las que se acaban de describir en este artículo, u otras aún más sofisticadas, tienen costes que son insignificantes si se comparan con las consecuencias sociales que conlleva la alta mortalidad y número de heridos causados por los desastres naturales (no sólo los terremotos) y con las enormes pérdidas económicas asociadas. Cabe preguntarse entonces: ¿Merece la pena que se siga invirtiendo en investigación para acortar la carencia de conocimientos que todavía existe respecto al funcionamiento de determinados procesos geológicos y en consecuencia, como ha ocurrido en otras ciencias, contribuir a salvar o reducir un buen número de posibles víctimas que sin duda seguirán sucediendo en el futuro por estas causas?

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